Las guerras y las crisis generan un clima de pesadumbre

La oración es el aliento de la fe, es su expresión más propia. Como un grito silencioso que sale del corazón de quien cree y se confía a Dios. No es fácil encontrar palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas definiciones de la oración podemos recoger de los santos y de los maestros de espiritualidad, así como de las reflexiones de los teólogos! Sin embargo, sólo puede describirse con la sencillez de quien la vive. Por otra parte, el Señor nos ha advertido que, cuando oramos, no debemos malgastar palabras, engañándonos al creer que seremos escuchados. Nos enseñó más bien a preferir el silencio y a confiarnos al Padre, que sabe lo que necesitamos incluso antes de que se lo pidamos (cf. Mt 6, 7-8).

La crisis ecológica-económica-social agravada por la reciente pandemia; las guerras, especialmente la de Ucrania, que siembran muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la indiferencia y del descarte tiende a sofocar las aspiraciones de paz y solidaridad y a marginar a Dios de la vida personal y social… Estos fenómenos contribuyen a generar un clima de pesadumbre, que impide a tantas personas vivir con alegría y serenidad.

Este año dedicado a la oración en nada menoscaba las iniciativas que cada Iglesia particular siente que debe programar para su compromiso pastoral cotidiano. Al contrario, recuerda el fundamento sobre el que los diversos planes pastorales deben desarrollarse y encontrar consistencia. Es un tiempo en el que, tanto personalmente como en comunidad, se puede redescubrir la alegría de orar en la variedad de formas y expresiones. Un tiempo significativo para aumentar la certeza de nuestra fe y la confianza en la intercesión de la Virgen María y de los santos. En definitiva, un año en el que vivir casi una «escuela de la oración», sin dar nada por supuesto ni por obvio, sobre todo en lo que se refiere a nuestro modo de orar, sino haciendo nuestras cada día las palabras de los discípulos cuando pedían a Jesús: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1).

Es Él quien sabe poner en nuestro corazón y en nuestros labios las palabras justas para ser escuchados por el Padre. La oración en el Espíritu Santo es la que nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que nos indica el camino; gracias a Él, la oración de una sola persona puede convertirse en la oración de toda la Iglesia, y viceversa. Nada como la oración según el Espíritu Santo hace que los cristianos se sientan unidos como una familia de Dios, que sabe reconocer las necesidades de cada uno para hacer que se conviertan en invocación e intercesión de todos.

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