Evangelio del día📖 jueves 9 de mayo 2024. Sexta Semana de Pascua.

D. Félix García O.P.
Primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 18, 1-8
Salmo 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4 R/. El Señor revela a las naciones su salvación
Juan 16, 16-20: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”
Al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban
Son los tiempos difíciles del inicio de los seguidores de Jesús de Nazaret. Los predicadores del evangelio no lo tienen nada fácil. Predican una visión de Dios que es, como nos dice Pablo: “Locura para los judíos; necedad para los griegos”.
Pero Cristo sigue progresando, son muchos los judíos que se oponen y tratan de apedrear a los predicadores, de quitárselos de en medio. Son los mismos personajes y las mismas ideas que llevaron a Jesús a la cruz. Parece que no hay nada nuevo bajo el sol. Este problema se reproduce ahora mismo en nuestro mundo, dentro de nuestras sociedades inmediatas; en nuestras propias comunidades. Vemos sacerdotes que, con el beneplácito de algunos prelados, rezan, y piden al pueblo que recen, pidiendo la rápida muerte del Papa Francisco.
¿No nos recuerda esto la forma de actuar de los judíos con Jesús, con Pablo y con tantos evangelizadores de Corinto, de Roma y de cualquiera, o muchas partes del mundo? Las sociedades, sobre todo entre presuntos fieles seguidores de Jesús, se oponen a aceptar otras formas de dar culto a Dios. ¿Cuántas veces hemos oído: “siempre se hizo así”? ¿Nos suena?
Vuestra tristeza se convertirá en alegría
No es extraño, según nos cuenta San Juan, que los discípulos no entendieran aquellas enigmáticas palabras. Realmente Jesús anuncia sucesos inmediatos que sus apóstoles van a conocer en pocos días, pero que son incapaces de entender: ¿Quién de nosotros, si esperamos un reino mesiánico brillante, con Jesús de rey poderoso y dominador, podríamos pensar en los días y sucesos que se avecinaban?
En la mente de los apóstoles estaba más la idea del triunfo y el poder que una terrorífica pasión. Así podemos entender que la madre de los zebedeos pidiera sendos ministerios para sus hijos y que los demás se enfadaron porque esperaban lo mismo. ¿Acaso no son esos también nuestros deseos “casi” ocultos?
Después de Pentecostés, recibida la luz del Espíritu Santo, podremos entender este pasaje del evangelio de San Juan, pero para los que lo escucharon era ininteligible, y apóstoles y oyentes, no podían saber el significado de aquellas enigmáticas frases que van a rematar con aquel “me voy al Padre”
Jesús hace cosas raras: hace unos días se ha producido la entrada en Jerusalén, y en los apóstoles ha renacido la esperanza del triunfo mesiánico. Les anuncia que el Hijo del Hombre va a ser nuevamente glorificado. Poco después se arrodilla delante de ellos para lavar sus pies y anuncia las negaciones de Pedro y la huida de todos ellos dejándolo solo. Para aquellos rudos galileos, aquella actitud de Jesús es confusa y no saben a qué carta quedarse.
Puede que nosotros estemos también un poco desorientados ante el desarrollo de la vida de Jesús, su muerte y posterior resurrección. Puede que estemos esperando un nuevo Pentecostés personal que nos aclare las dudas. Vana esperanza: el Espíritu Santo ha venido ya, y sigue viniendo, solo nos falta abrir los ojos del alma, mirar dentro de nosotros y allí encontrarlo. Solo tras este encuentro llegaremos a reconocer al Dios que nos habita y que nada tiene que darnos porque ya nos lo dio todo.
Si ahora estamos tristes, miremos en nuestro interior, porque si buscamos al Señor y lo encontramos, la tristeza se cambiará en alegría, porque ahí sí, al menos, lo podremos atisbar y cuando esto suceda será la hora en que cumple que, siguiendo el salmo, cantemos al Señor un cántico nuevo, porque sigue haciendo maravillas.

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