Un mundo a la altura de los niños, nos dice el papa
Llaman la atención las sonrisas de ambos: el Papa mira claramente hacia el objetivo de quien está tomando la fotografía. La niña está “encantada” con ese gesto y, por tanto, no mira al fotógrafo, sino que mantiene la mirada sonriente fija en León XIV. ¿Por qué esta imagen es tan importante? Porque con ese simple inclinarse, el Pontífice nos ha mostrado una dirección que debería seguirse por todos y, en particular, por quienes hoy tienen en sus manos el destino del mundo: ponerse a la altura de los niños, mirar el mundo con sus ojos. Cómo cambiarían las cosas de la humanidad si cada uno de nosotros tuviera el valor de agacharse como lo hizo Jesús cuando – retomando a los discípulos que querían alejar a los niños “molestos” –pronunció esa frase inmortal: “Dejad que los niños vengan a mí”.
Hoy, ¿cuánto dejamos que los niños vengan a nosotros? Y, sobre todo, ¿cuánto nosotros vamos hacia ellos? Hacia esos niños arrasados por la guerra, los hambrientos por el egoísmo ajeno, los abusados por mil formas de violencia. La lógica, antes que el sentimiento, exigiría que los adultos protejan a los pequeños. Sin embargo, sucede exactamente lo contrario: en las guerras decididas por los grandes, los primeros en sufrir son precisamente ellos: los pequeños. ¿Qué veríamos si nos inclináramos a la medida de los niños de Gaza, de Járkov, de Goma y de tantos, demasiados lugares conmocionados por conflictos armados? Quizá, si lo hiciéramos, algo cambiaría.

