El fuego que nos une

Me identifico como una mezcla de dos raíces esenciales de los Andes peruanos. Mi padre es cayllomino y mi madre, una mujer cusqueña. Mis recuerdos más tempranos me llevan a la quncha, el tradicional fogón de barro que era parte de mi vida. Cada fin de semana, o cuando el gas fallaba, o simplemente cuando buscaba ese sabor especial, mi madre encendía su quncha como parte de un ritual que combinaba paciencia, técnica y mucho cariño hacia su familia.

Preparar la quncha implicaba usar leña. Su favorita era la de huarango, pues, según ella, ardía lentamente y tardaba más en hacerse carbón y cenizas. Para encender el fuego y mantenerlo vivo, usaba una pukuna, un tubo de fierro que funcionaba como soplador artesanal. Esa técnica ancestral, que respetaba los ciclos del fuego lento y el calor envolvente, impregnaba cada comida con una calidez y un sabor imposibles de replicar en una cocina moderna.

La cocina en la quncha no era solo práctica, también era una experiencia sensorial y cultural. El calor del barro, el aroma de la leña y el sonido de la cocción lenta daban vida a cada plato. Por más eficiente que fuera la cocina a gas, nunca logré encontrar en ella el mismo sabor profundo ni la textura reconfortante que la quncha proporcionaba. Mi madre solía decir: “El gas calienta rápido, sí, pero el sabor no es igual”. Y tenía razón. Las ollas de barro se mantenían calientes durante horas, prolongando ese confort que solo da la comida hecha con tiempo.

Esta técnica está emparentada con métodos ancestrales como la pachamanca, donde se cocinan carnes y tubérculos bajo tierra con piedras calientes. En la quncha, en cambio, todo sucede sobre el suelo: las ollas se colocan directamente sobre el fuego y, a través de una cocción prolongada, los sabores se funden, como si contaran historias de la tierra y de quienes la cultivan.

Con los años, esas ollas al rojo vivo y el chisporroteo del fuego se convirtieron en símbolo de identidad y resistencia. Ver a mi madre revolver sus guisos o servir papas humeantes en su olla de barro era contemplar una herencia viva. Cada cucharada tenía el orgullo cusqueño, el esfuerzo campesino y la comunión profunda con la Pachamama, la madre tierra.

Hoy, en un mundo donde la rapidez domina la cocina, la quncha permanece como símbolo del tiempo necesario. Esa olla caliente, que representa un ritual ancestral, sigue enseñándonos que el verdadero sabor no se improvisa. Se cultiva con paciencia, humildad y respeto. Y en cada hogar donde aún se enciende, se conserva algo más que una técnica: se resguarda un pedazo de nuestra cultura, nuestra historia y nuestra pertenencia.

Redacción Julio Mamani

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