Miércoles 01 de Abril de 2020. 5ª semana de Cuaresma

Hugo (1132)

Dn 3,14-20.24.28: Envió un ángel a salvarlos. Interleccional Dn 3: A ti gloria y alabanza por los siglos. Jn 8,31-42: Serán realmente libres.

Dn 3,14-20.24.28. Tres jóvenes Sidrac, Misac y Abdénago, se enfrentan al rey Nabucodonosor, al negarse a adorar al ídolo de oro. Este los condena a morir en el horno de fuego. Dios, ante este testimonio de fidelidad los libera de la muerte. Su fe provoca la conversión del rey quien exclama: “Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago que envió a su ángel a salvar a sus siervos…prefirieron arriesgar sus vidas antes que venerar y adorar otros dioses”

Jn 8, 31-42. Jesús nos habla hoy: si nos mantenemos fieles a su palabra, seremos sus discípulos. La fidelidad a Dios pasa por no ser esclavos del pecado que paraliza, divide, oprime al otro y se niega a reconocerlo como prójimo. En cambio, Jesús nos ofrece una libertad que nos abre el camino del amor, la verdad y reconocimiento de Dios que es compasivo y nos invita a amar a nuestros hermanos.

Jesús nos muestra con sus obras, por la libertad como actuó, por su fidelidad a su Padre hasta entregar su vida por la salud y la salvación de todos que él es la verdad, que sana los corazones destrozados, que venda las heridas, que nos reconcilia con el Padre y que nos llama a ser hermanos, a reconocernos como imágenes vivas de Dios.

Los discípulos de Jesús, tomemos consciencia, que la fidelidad a la Palabra de Jesús, vida, tenemos que practicarlas en nuestro quehacer cotidiano. Es en la práctica de vida, donde mostramos esa fidelidad y amistad con Dios y con nuestros hermanos.

Intentaban matar a Jesús y lo mataron, porque no reconocieron que Él es la Verdad y la Vida. No escucharon su Palabra porque permanecieron en las tinieblas del pecado. Hoy nosotros, cuando no acogemos en nuestra vida la Palabra de Jesús, cuando no nos convertimos al Evangelio de la Vida. Cuando quebramos la alianza de fidelidad sellada con la sangre de Cristo, cuando rompemos la común unión como hermanos, cuando somos cómplices del pecado aferrándonos a los falsos dioses del poder, del dinero y del temor no estamos reconociendo que el Dios vivo y verdadero ha venido para tocarnos en lo más profundo de nuestro corazón, para levantarnos del miedo y del egoísmo que no nos permite crecer y para provocar en cada uno de nosotros una respuesta de confianza y de fidelidad, de alabanza y de gratitud, de contemplar el rostro vivo de Dios.

Fr. Héctor Herrera, O.P.

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